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LA MUERTE
Bajo los techos azules,
cardos impunes remangaban mi nalca
me calcinaba la memoria,
estaba en gotas y entera,
álamo y sombra abrazados
enjuto de ríos y de soles,
arrimados al camino se quedaron
a esperarme, a esperarme.
Me miraba la vejes sin descanso
apresurándose tranco a tranco
para atraparme las vértebras
en noche pública y longeva.
Allí junto a los álamos confusos
vino a esperarme, a esperarme
le coloco aldaba
a las manos y a las cejas,
montándome en las ancas
de punto y coma, la vil,
quejumbrosa y risueña.
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